28 junio, 2011

¿Qué se me ha perdido en el Orgullo?

Artículo de June Fernández, Marikazetari, para Pikara magazine con motivo del 28-J

“Somos bolleras, maricas, machorros, viejxs, locas, feministas, marichicxs, indefinidos, putas, desviadas, críos, sin papeles, enfermxs mentales, heteroinsumisas, mestizos y estamos orgullosxs, porque queremos y creemos en una sociedad libre y diversa”. Me encanta cómo empieza el manifiesto de la plataforma 28J de Navarra, porque nos incluye a todas las personas que estamos por la libertad sexual. Alguna persona cercana que me presupone heterosexual me ha preguntado alguna vez qué se me ha perdido en las manis del Orgullo LGTB y, en general, qué me lleva a identificarme con esa lucha. Dejando a un lado a quién deseo y con quién me acuesto (que parecen saberlo mejor que yo), me parece muy importante transcender la idea de que esta fiesta es de quienes encajan en alguna de las siglas, y unir fuerzas a favor de una sociedad libre y diversa, como bien dice la plataforma.

Animo a quienes mantienen normalmente relaciones heterosexuales a que hoy salgan a la calle, pero no sólo por una cuestión de solidaridad hacia el resto. La actitud no es: “Esto no va conmigo, pero soy tan enrollada que os apoyo”. No se trata de que haya una minoría de personas homosexuales y transexuales a las que hay que respetar y apoyar. Defender sus derechos es prioritario porque son las personas que se definen como homosexuales, lesbianas o transexuales las que se encuentran con la discriminación más cruel, en la escuela, en el trabajo, en la familia, etc. Pero la homofobia va más allá y afecta a cómo construimos nuestra identidad y nuestras relaciones afectivas.

Homofobia también es, como decía Oscar Guasch, el miedo que tienen los hombres a no ser lo suficientemente hombres, a ser acusados de maricas si no cumplen con los mandatos de la masculinidad hegemónica. La homofobia limita muchísimo las muestras de afecto entre hombres y la expresión de sus emociones, por no hablar del tabú del sexo anal. La lesbofobia está muy presente en el machaque a las mujeres para que seamos femeninas. “¿Por qué no te pones falda de vez en cuando? Pareces una marichico”. ¿Os suena?

Y, por supuesto, la cuestión es que toda la sociedad está montada bajo un esquema heterosexista. A las niñas se nos enseña a soñar con nuestro príncipe azul, a imaginar nuestra boda desde muy pequeñas. Cuando somos adolescentes es muy frecuente sentir atracción hacia nuestras amigas, que nos apetezca explorar su cuerpo, acariciarlas. Pero normalmente nos quitamos esas ideas de la cabeza (o nos las quitan, diciéndonos que estamos confundiendo sentimientos) y nos centramos en aquello para lo que hemos sido adiestradas: en mirar por la ventana cómo juegan a fútbol los chicos mayores, en suspirar por el profesor de turno y forrar la carpeta de fotos de los Backstreet Boys. A menudo me pregunto cómo hubiera sido mi vida sentimental y sexual en la adolescencia sin ese condicionamiento heterosexista. De la misma forma que decimos que el machismo nos limita a todas las personas (incluidos los hombres), el heterosexismo también nos limita, porque impide que construyamos nuestra identidad y nuestra sexualidad en libertad.

En lo que a orientación sexual se refiere, sí que soy decididamente queer. Me cuesta mucho creer que haya personas cien por cien heterosexuales (o cien por cien homosexuales, claro). Yo no tengo ni una sola amiga hetero (y no todas son alternativas; las hay bastante tradicionales) que no haya tenido algún tipo de experiencia, o al menos, de fantasía lésbica. Los hombres lo tienen más reprimido, pero encuentran también vías de escape: el homoerotismo en el fútbol, las pajas colectivas en la adolescencia… La homofobia limita nuestra capacidad de desear y fantasear. ¿Si sentimos prejuicios hacia el gay o la lesbiana, cómo no vamos a sentirlos hacia nuestros propios deseos cuando estos se desvían de la norma? Quien tiene problemas en aceptar a las demás personas, tiene también problemas en aceptarse a sí misma o mismo.

Eso sí, no hablo de renegar de identidades políticas como la de lesbiana. Lo explica muy bien Itziar Ziga: “En algunas redes queer se nos ha acusado de (…) insistir en nuestro lesbianismo. Parece que en según qué sectores de lucha no binaria, que juegan a la desfachatez política e insultan la inteligencia de Judith Butler o Beto Preciado al invisibilizar la dominación machista, molesta nuestra identidad bollera. Ese: a mí no me gustan las etiquetas. Como si fuéramos globos de helio. Vamos, no me jodas. Artista puede ser una etiqueta, punk puede ser una etiqueta, rubia puede ser una etiqueta, borracha puede ser una etiqueta. Bollera es una enunciación vital históricamente masacrada y oprimida desde la que muchas mujeres tenemos una posibilidad de existir sin autoboikotearnos ni doblegarnos”.

Pero volviendo a quienes no nos definimos como bolleras (salvo cuando lo hacemos por razones políticas, como el “yo también soy puta”), abogo por ser disidente de la heterosexualidad porque resulta muy cómodo mantenerse en esa situación privilegiada mientras que lesbianas, gays y transexuales siguen viendo sus derechos fundamentales pisoteados. La antropóloga feminista Mariluz Esteban nos dijo en un curso que una feminista no se puede sentir cómoda definiéndose como heterosexual. Estoy de acuerdo. Debemos renunciar a esa categoría. De la misma forma que pedimos a los hombres renunciar a sus privilegios.

¿Cómo? Podemos, por ejemplo, evitar la presunción de heterosexualidad, no dar por hecho que si alguien es hombre le gustan las mujeres, y viceversa. No preguntar a nuestro sobrino si ya tiene novia. Podemos visibilizar nuestra propia diversidad de deseos y afectos. Contar nuestros ligues lésbicos con la soltura con la que hablamos de los hetero. Aparcar el miedo a que nos tomen por bolleras por ir de la mano con una amiga. Tengo que reconocer que alguna vez he sentido miradas en el metro por darme un beso en la boca con una amiga. Está bien para multiplicarlo por cien y hacerse una idea de como se sienten las lesbianas que se expresan en público y que, por tanto, son observadas, cuestionadas y juzgadas a diario; y agredidas a menudo.

No sé si soy bisexual, heteroinsumisa, queer o indefinida, y me aburre sentir la necesidad de aclararlo. Sé que soy feminista y que quiero vivir en una sociedad diferente a la heterosexista. Sé que estoy de acuerdo con Beatriz Preciado en que las sexualidades se pueden aprender como las lenguas, y que yo estoy por el plurilingüismo. Sé que me gustan los márgenes, que mi sitio está con bolleras, maricas y trans, y no con el Foro de la Familia. Sé que esta fecha me pone de buen humor, que estoy deseando salir a la mani, encontrarme con mis amigas y gritar cosas como “El papa no nos deja comernos las almejas”. Feliz Orgullo para todxs.

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